La arquitectura se desarrolla como un bloque silencioso, cerrado hacia el exterior inmediato, y articulado mediante huecos profundos y patios excavados que traen la luz, el aire y el tiempo al interior. Estos vacíos no se entienden como perforaciones convencionales, sino como espacios de transición: umbrales entre lo construido y lo natural, entre lo doméstico y lo mineral.
En el centro de la planta, el espacio de día se extiende hacia el norte, enmarcando las vistas mediante una gran apertura profunda, protegida por el espesor del muro. Al llegar al corazón de la vivienda se despliega el paisaje en toda su amplitud. Así, la casa se convierte en una máquina de mirar, contenida y monumental, al servicio de una experiencia concreta: la de mirar desde el silencio, desde la sombra, desde la arquitectura.