Desde la entrada del piso se accede a un pasillo estrecho, al final del cual Betesh decidió instalar un dormitorio. Una pequeña escalera conduce desde el vestíbulo al gran salón, que también acoge la cocina y la mesa de comedor. Los altos ventanales dejan entrar mucha luz durante el día.El resto de estancias de la casa dan al salón: un estudio, donde la pareja también puede alojar a sus invitados, y los otros dormitorios con sus cuartos de baño. Las puertas correderas con lamas de madera aportan una gran flexibilidad: cuando están abiertas, la sensación de amplitud es aún mayor; cuando se cierran, esta parte del piso se convierte en un refugio privado donde disfrutar de un espléndido aislamiento.Los materiales que Betesh eligió para la reforma refuerzan aún más esta sensación de calidez y confort. En el suelo colocó tablones de roble claro y las paredes se enlucieron con yeso mate en tonos terrosos. Las estanterías de madera, sólidas pero sencillas, están hechas a medida y combinan a la perfección con todo el conjunto. Aquí nada se impone sobre el resto.La selección del mobiliario es una acertada mezcla de reliquias, objetos rescatados de tiendas de antigüedades y diseños de la propia Betesh. El salón cuenta con un sillón vintage de Fritz Hansen y dos tumbonas que la interiorista encontró en Amelia Tarbet, en Austin. La mesa de centro procede de Half Gallery, en el East Village de Manhattan. La gran mesa de comedor es de Yucca Stuff y las sillas De Puydt también proceden de Amelia Tarbet. En el estudio, una lámpara de Isamu Noguchi cuelga del techo, mientras que frente al escritorio hay una silla de estilo escandinavo de Johannes Andersen. “Quería que cada pieza de este piso contara su propia historia”, dice Stephanie Betesh, “ya fuera una obra de arte que descubrí en un viaje a México o una vasija de cerámica que hizo una amiga mía. También me interesaba el factor sorpresa, esa sensación de encontrar objetos que no esperarías ver aquí”.El proyecto tardó dos años en completarse, en parte porque Betesh cuida al máximo cada detalle. Las puertas correderas pesan más de cien kilos cada una, pero se deslizan sobre sus raíles como si flotaran. La combinación de colores de los cuartos de baño y los dormitorios difiere muy poco de la del salón: es ligeramente más oscura, lo que intensifica la sensación de seguridad. Hoy, todos los implicados en la reforma, pueden sentirse orgullosos y decir convencidos que ese largo camino, que empezó con una pequeña tarjeta de felicitación, ha merecido la pena.